Mithras. Muere y deviene
General view of the Mithraeum at Saarbrücken (ancient Saravum).
Gerhard Hallstatt
I
5 de septiembre. Hojas de los colores de preciosas especias cubrían el suelo, semejantes a escritos amarillentos, mensajes desgarrados de una fe desaparecida hacía mucho tiempo. Leaves («hojas») y beliefs («creencias»)… Me preguntaba por qué estas palabras se parecían tanto, no solo en inglés, sino también en alemán: Laub y Glaube, y en francés: foi y feuillage. ¿Podía ser la fe tan efímera como las hojas que crujían bajo mis pies?
Caminaba entre los cálidos colores del otoño, que anunciaban a la vez el oro y la muerte, la cosecha y el final. Una ligera tristeza llenaba el aire. Amo el otoño. Es para mí un hogar, una patria pagana. La esencia transitoria de la naturaleza y su destino en la muerte se revelaban en el reino de los hermanos Scheiding, Gilbhart y Nebelung (septiembre, octubre y noviembre, ed.). Contemplaba la danse macabre de las hojas.
Me encontraba en el Halberg, una colina cerca de Saarbrücken. En lo alto, sobre mí, se alzaba la estación de radiodifusión del Saarländischer Rundfunk. Cerca del aparcamiento descubrí un cartel negro que llevaba una prometedora inscripción en letras doradas: GRUTA DE MITRA. No podía creer lo que veían mis ojos. Aquellas palabras produjeron en mí un efecto mágico. Otros carteles indicaban el camino, acrecentando mi inquietud. Había esperado encontrar alguna referencia a una capilla cristiana, pero no aquello… ¿Cuánto quedaría, si es que quedaba algo, del carisma del antiguo santuario que en otro tiempo había pertenecido al asentamiento romano de Saravum?
Mitra me fascinaba desde hacía mucho tiempo. Esta divinidad, cuyos misterios reunían elementos persas, griegos y romanos, fue venerada por todo el Imperio romano, desde la península ibérica hasta el mar Negro, desde Germania hasta el norte de África. Incluso en Gran Bretaña se habían descubierto algunos templos. Lo que más me interesaba eran los lugares de culto donde los seguidores de Mitra habían celebrado sus misterios, mientras que las obras de arte cultuales, reliquias de color blanco tiza iluminadas por los focos de los museos y arrancadas de su entorno original, me resultaban menos esenciales. La atmósfera de los santuarios subterráneos, de aquellas cámaras oscuras del espíritu, llegaba a mi corazón con mucha más intensidad.
Me encantaba buscar los vestigios que habían sobrevivido y no podía comprender que solo algunos de los autores que habían escrito sobre la cultura mitraica parecieran interesados en averiguar si aquellos templos seguían existiendo. Casi ningún autor describía las grutas de culto que había visto personalmente ni escribía sobre sus propias impresiones. La mayoría parecía considerar el mitraísmo como un capítulo cerrado de la historia, pero yo había llegado a la conclusión de que ningún mundo de creencias había perecido realmente. En el subsuelo del mundo occidental, todas las filosofías espirituales, todas las cosmologías precristianas, continuaban ejerciendo su influencia bajo tierra, a menudo muchas capas por debajo de la superficie y, otras veces, acercándose mucho a la realidad visible, bajo el fino barniz de muchos siglos.
A veces aquella búsqueda resultaba fácil, pero normalmente acababa siendo difícil. En lugar de proporcionar respuestas, inevitablemente suscitaba nuevas preguntas, nuevos nudos gordianos que había que desatar solo para encontrarse con otro conjunto de enigmas… Amaba aquella búsqueda de vestigios y también la maldecía.
Más adelante, a la izquierda del sendero, la roca desnuda resplandecía roja como el cinabrio. La luz del sol de la tarde, filtrándose entre los árboles de la ladera occidental del Halberg, intensificaba el poder radiante de la arenisca roja. Vi varios nichos en la roca. Estaban vacíos. Supuse que databan de época cristiana. Probablemente habían albergado en otro tiempo estatuas de santos.
En medio, entre los nichos, la roca se abría hacia el interior y, de pronto, me encontré ante la gruta.
La visión era sobrecogedora.
La piedra resplandecía con un rojo intenso, como el fuego, como la sangre del corazón. Allí la Antigüedad pagana seguía brillando con un apasionado y violento tono de cinabrio. Fuego inmortalizado… sangre petrificada… una cámara del corazón. Qué escenario para los misterios del culto.
Permanecí allí hechizado. Aquel lugar debía de haber producido el mismo efecto en los seguidores de Mitra. El rojo de la piedra resultaba casi embriagador. Allí la fe pagana de la Antigüedad abría sus venas y de ellas manaba la sangre sagrada de los misterios.
Me acerqué lentamente. Una verja semicircular rodeaba el santuario, que, estaba seguro, había requerido varias lunas para ser excavado en la roca. En aquella cripta roja como la sangre, posteriormente llamada Heidenkapelle («Capilla de los Paganos») por los habitantes de la zona, tenía lugar la liturgia del culto. Para ser iniciados, los seguidores descendían a aquella roca materna, la Petra Genetrix, que había dado a luz a Mitra, que no tenía ni madre ni padre. Los fieles descendían a aquella roca materna, símbolo del universo, para volver a emerger con un grado superior en la jerarquía del mitraísmo.
La palabra latina cruor acudió a mi mente. Recordé una frase descubierta en la pared de un mitreo:
Et nos servasti eternali sanguine fuso.
«Y también a nosotros nos redimiste derramando la sangre eterna».
«Aquí habla la vida misma, y el arquetipo primordial de la sangre roja conjura sus imágenes multicolores».
— Jünger, fuente desconocida
La gruta estaba flanqueada por dos hileras de columnas de piedra de un rojo apagado. Reproducciones. Las columnas originales eran cuadrangulares y estaban decoradas con relieves, figuras humanas y diversos símbolos, pero se habían perdido.
En el centro de la gruta había una imagen que representaba el sacrificio del toro, también una reproducción. La obra original había caído víctima del regocijo malicioso, de la magia maliciosa de la Iglesia cristiana. El mitreo había sido destruido a finales del siglo IV. Solo sobrevivió un pequeño fragmento del relieve original: los genitales del toro, atenazados por un escorpión.
A ambos lados de la caverna, detrás de las columnas, dos pequeños túneles se adentraban en la roca y quizá habían servido como cámaras secretas o depósitos. Durante las excavaciones, los arqueólogos habían descubierto una gran alberca y un profundo foso delante de la cueva. Como en el culto de Cibeles, quizá se utilizara como foso de sangre, una fossa sanguinis, en la que el iniciado era empapado con la sangre caliente del toro sacrificado sobre él.
Existen también relatos sobre un foso lleno de agua en santuarios mitraicos, al que se arrojaba al neófito atado y con los ojos vendados, un bautismo marcial que solo terminaba cuando un iniciado en los misterios cortaba las ligaduras con una espada.
Los arqueólogos encontraron también fragmentos de tejas y pizarra, restos de platos y recipientes y pequeñas lámparas de aceite.
Algunas partes de la imagen del sacrificio del toro habían sido coloreadas con rotuladores: la serpiente era verde, el escorpión amarillo y el perro marrón. Me pregunté quién lo habría hecho, pues aquellos animales presentaban el mismo esquema cromático que los de la reconstrucción de las obras de culto de Carrawburgh, en Gran Bretaña.
En varios relieves y estatuas de culto se habían descubierto restos de color. El color parecía haber desempeñado un papel muy importante en los misterios mitraicos. En los relieves, el toro era siempre blanco, mientras que Mitra y sus compañeros, los portadores de antorchas Cautes y Cautopates, vestían prendas verdes o azules y un manto rojo, y el fondo solía ser azul oscuro.
En todo el Imperio romano, aquellas obras de culto no solo presentaban formas similares o idénticas, sino también colores correspondientes. Los santuarios constituían un marco multicolor, casi psicodélico, para el psicodrama sagrado de los misterios, en el que la iluminación, la música, las máscaras y los disfraces desempeñaban un papel esencial. Los mitreos eran Gesamtkunstwerke, Gesamtkultwerke, obras totales del arte y del culto paganos.
En Lentia, a orillas del Danubio, la actual Linz en Alta Austria, el suelo del santuario estaba pintado de un rojo resplandeciente. En varios templos se descubrieron frescos tan impresionantes como las pinturas de la Villa dei Misteri de Pompeya.
El segundo mitreo de Carnuntum, cerca de Viena, era azul oscuro, y su bóveda representaba el cielo estrellado. En el santuario de Santa Maria Capua Vetere, al norte de Nápoles, había pequeñas estrellas rojas y azules pintadas en el techo, y fragmentos de vidrio incrustados en la pintura centelleaban a la luz de las lámparas de aceite y las antorchas.
«El último gran místico de la religión de Mitra fue el emperador Juliano, cuyo intento de fortalecer la religión pagana frente al auge del cristianismo quedó registrado en la historia con el sobrenombre de Apostata, el infiel. Se cuenta que durante su iniciación experimentó ruidos extraños, olores repugnantes, llamas, espíritus y otras apariciones. Estas descripciones fueron sin duda exageradas por fanáticos cristianos, pero puede darse por seguro que mediante tales efectos se creaba una atmósfera misteriosa en los santuarios. En el mitreo de Wiesbaden se descubrió una pequeña cámara detrás del nicho de la imagen de culto, a la que solo podía accederse desde el exterior. Desde allí, un sacerdote, invisible para los fieles, podía producir fenómenos que estos no podían explicar y que les llevaban a atribuirlos a causas sobrenaturales».
— Helmut Schoppa, Das Mithraeum
El rojo resplandeciente del templo me recordó fotografías que había visto de la ciudad rupestre de Petra, en Jordania. Cuando comparé imágenes de la gruta de Mitra con fotografías de Petra, me fascinó descubrir que la atmósfera de ambos lugares era bastante similar.
¿Podía existir una conexión secreta entre ellos?
Petra había sido la capital de la provincia romana de Arabia. ¿Había existido también allí un mitreo? En todos los libros sobre mitraísmo que había leído no había encontrado nada acerca de un posible templo en aquel lugar.
Y, sin embargo, existía una conexión.
Cerca de Petra se encuentra el lugar donde, según se dice, Moisés golpeó una roca con su vara e hizo brotar agua, salvando así a su pueblo de morir de sed. Una escena muy similar ocupa un lugar esencial en la mitología mitraica: el milagro del agua. Numerosas obras de culto muestran a Mitra disparando una flecha contra una roca, de la que entonces brota agua. En algunas representaciones, Mitra dispara también hacia las nubes para provocar la lluvia, lo que recuerda al maná que cae del cielo sobre el desierto egipcio…
Evidentemente, existía una misteriosa conexión entre Mitra y Moisés, aunque resultaba difícil decir qué mito había influido en el otro. ¿Quizá los judíos que estuvieron cautivos en Babilonia en el siglo VI a. e. c. entraron allí en contacto con mitos persas?
Permanecí en el santuario hasta la puesta del sol. Poco a poco la piedra se oscureció, el resplandor rojo se desvaneció y las sombras aumentaron. La Blutleuchte, la luz de sangre, se retiró hacia el interior, detrás del escenario de piedra. La roca se volvió negra.
Perdí de vista el sol.
II
¡Muere y deviene! Estas palabras de Johann Wolfgang von Goethe representan el corazón de todos los antiguos misterios. Se encuentran en el simbolismo del sacrificio del toro de los relieves de culto de la cultura mitraica.
Se refieren a la muerte en la naturaleza, que no es nunca sino una muerte aparente, una transformación, un punto de inflexión, pero jamás un verdadero final, y también a la jerarquía espiritual por la que los seguidores del mitraísmo ascendían a través de siete niveles o grados: Cuervo, Occultus, Soldado, León, Persa, Corredor del Sol y Padre, experimentando simbólicamente el «morir y devenir» en el contexto de cada iniciación.
El sacrificio del toro es el símbolo que ocupa el corazón de la mística de la sangre del mitraísmo. En la mayoría de las obras de culto, la cola del toro termina en un haz de espigas. En un magnífico relieve procedente de Roma, conservado actualmente en el British Museum de Londres, de la herida infligida por Mitra no mana sangre, sino que brotan espigas: la vida surge de la muerte, la muerte es la fuente de la vida, del devenir carne.
El sacrificio del toro es un acto de creación que garantiza una cosecha abundante. En ningún otro lugar se manifiesta con tanta claridad la armoniosa unidad de muerte y renacimiento, destrucción y creación, decadencia y crecimiento como en el simbolismo de «muere y deviene» del sacrificio mitraico del toro, que reúne varios aspectos aparentemente contradictorios del dios Mitra: lo marcial y lo fértil, lo solar y lo terrestre.
Más allá de su significado de muerte y nacimiento, la muerte del toro es también símbolo del triunfo del espíritu sobre la materia.
«Así, el toro encarna un doble simbolismo de muerte y vida. Como toro de la fertilidad y de la luz es un signo del Sol que fecunda todas las cosas. Como toro del inframundo representa el abismo de la luz oscurecida que se ha vuelto mortal […] El toro simboliza la totalidad ascendente y descendente de la vida, que debe regresar una y otra vez a la esfera de la muerte para seguir siendo fértil: las esferas luminosa y oscura de la existencia que, debido a su inestabilidad y naturaleza siempre cambiante, necesitan un señor protector y rector que garantice su continuidad».
— Alfons Rosenberg, Michael und der Drache
El filósofo griego Porfirio (232–304), que conocía bien la cosmología de Mitra y escribió quince libros, entre ellos Contra los cristianos, describió de dos maneras el simbolismo del toro:
«Mitra cabalga sobre el toro de Afrodita, pues el toro es el creador y Mitra es el señor de toda la creación».
«El toro es la Luna, y la Luna alcanza su máxima fuerza cuando se encuentra en el signo de Tauro».
Algunos estudiosos interpretan el encuentro de Mitra y el toro como un encuentro entre el Sol y la Luna, pues en muchas representaciones el toro adopta una posición semejante a una media luna, y porque el Sol aparece sobre Mitra y la Luna sobre el toro.
Encontré una clave para comprender el enigmático sacrificio del toro en el estudio Mithras-Orion de Michael P. Speidel. En griego, las palabras para «abeja» y «toro» son casi idénticas: la palabra apis, «abeja», se pronunciaba con una a larga, mientras que apis, «toro», se pronunciaba con una a breve.
Porfirio describía las abejas como almas nacidas en la cavidad abdominal de un toro muerto. Puesto que los seguidores de Mitra creían en la redención de sus almas de la existencia ligada a la tierra mediante el ascenso por la escala de las iniciaciones, el sacrificio podría representar esta liberación de lo terrestre.
«De ello se sigue, no de manera concluyente, pero sí con gran probabilidad, que Mitra, al sacrificar al toro, inició el nacimiento de las almas, especialmente las almas de los justos, a semejanza de su propio nacimiento».
— Michael P. Speidel, Mithras-Orion
La idea de que las abejas nazcan del cadáver de un toro recuerda a Sansón en el Libro de los Jueces del Antiguo Testamento, que mata un león con sus propias manos y posteriormente descubre un enjambre de abejas y miel en el cadáver del animal. Saca la miel del vientre y se la come.
Sansón es la palabra hebrea para «hombre solar». El león es uno de los símbolos más importantes del Sol. ¿Era posible que el toro de la cosmología mitraica representara también al Sol?
En todos los monumentos mitraicos que conservan restos de color, los toros estaban pintados de blanco. También eran blancos los toros consagrados a Apolo, al igual que los toros de Trinacia, la isla de Helios, en la Odisea de Homero. El toro Apis egipcio, con el disco solar entre los cuernos, era asimismo un animal solar.
¿Estaba Mitra matando al Sol?
Muchos de quienes investigan la cosmología mitraica identifican a Mitra con el Sol. Esta solarización, esta vinculación con Sol Invictus, se produjo durante el Imperio romano. En el Avesta persa se afirma expresamente que Mitra no es ni el Sol ni la Luna, aunque su apariencia se asemeja ya a la de Helios. Sostiene un látigo en la mano y cuatro caballos blancos tiran de su carro dorado.
Se han encontrado numerosos altares e inscripciones mitraicos que describen a Mitra como Sol Invictus o Deus Invictus, pero también se han descubierto textos en los que Mitra y el Sol aparecen como dos divinidades distintas. En un altar procedente de Chiusa di Verona, en el norte de Italia, puede leerse:
D(eo) I(nvicto) M(ithrae) et Soli Socio.
«Al Dios Invicto Mitra y al Sol, su compañero».
Y una inscripción de High Rochester, en Gran Bretaña, decía originalmente Invicto Mithrae et Soli Socio, aunque posteriormente la palabra et quedó casi irreconocible.
«El toro es el Sol, o más bien Tauro es la constelación a través de la cual se transmitía a la humanidad la influencia solar en tiempos del culto de Mitra. Así, Mitra, como Sirio, era un matador del Sol, pues, como explica Churchward: “El primer héroe celeste no fue el Sol, sino el vencedor del Sol y del calor solar […] En la estación en que el Sol se encontraba en el signo del León y el calor era insoportable, Set surgía como la Estrella del Perro, o Sut Har, ‘Orión’, y cuando el Sol había alcanzado su máxima altura y comenzaba a descender, la Estrella del Perro, u Orión, era aclamada como vencedora de la causa de aquel tormento. El león, como resulta evidente por su posición en el zodiaco, representaba el feroz calor del verano […] Del león muerto surge la miel”».
— Kenneth Grant, The Magical Revival
Las bandas laterales de muchas imágenes de culto representan escenas de la vida de Mitra: su nacimiento de la roca, su lucha con el dios solar y su posterior alianza, y la lucha con el toro.
¿Era la muerte del toro blanco simplemente otra alegoría de su triunfo sobre el Sol?
Desde un punto de vista mágico-natural, Mitra combatía al Sol para debilitar su fuerza destructora, que amenazaba la fertilidad de la tierra durante los meses calurosos. Sellaba un pacto con el Sol para garantizar una buena cosecha.
Mitra era llamado también Señor del Año, Señor de las Edades, y en la mayoría de las obras de culto el sacrificio del toro aparece rodeado por el zodiaco, dispuesto en círculo o semicírculo. En muchos mitreos se han encontrado altares consagrados a las cuatro estaciones.
El valor numérico de Mithras es 360: M = 40, I = 10, Th = 9, R = 100, A = 1, S = 200. Para obtener el valor 365, su nombre se escribe también Meithras.
365 es asimismo el valor numérico del dios gnóstico Abraxas, que también simboliza el ciclo del año.
Existen diversas conexiones entre la gnosis y el mitraísmo. Se conserva una gema ovalada que muestra en una cara al Tauroctonos, el sacrificio del toro, y en la otra a Abraxas, con cabeza de gallo, dos serpientes por piernas y sosteniendo un escudo y un látigo.
Franz Cumont escribió sobre la aparente unidad entre Mitra y el Sol en su libro The Mysteries of Mithra:
«Este doble sistema de interpretación se aplicaba especialmente al Sol, concebido unas veces como idéntico a Mitra y otras como distinto de él. En realidad había dos divinidades solares en los Misterios […]».
— Franz Cumont, The Mysteries of Mithra
Pero la relación de Mitra con Helios es semejante a la del padre con el hijo. Mitra es el gran dios, y Helios, su Logos, por medio del cual se manifiesta, creó el mundo y actúa como mediador entre los hombres y dios. (Leisegang, Die Gnosis)
Un punto de vista gnóstico muy similar encuentra expresión en la enigmática obra de C. G. Jung Septem Sermones ad Mortuos (Siete sermones a los muertos):
«Este es un dios que no conocéis, pues la humanidad lo olvidó. Lo llamamos por su nombre: ABRAXAS. Es aún más indefinido que dios y el diablo […] Para distinguir a dios de él, llamamos a dios HELIOS o Sol. Abraxas es efecto. Nada se le opone salvo lo ineficaz; por ello su naturaleza eficaz se despliega libremente. Lo ineficaz no es y, por tanto, no ofrece resistencia […] Abraxas está por encima del Sol y por encima del diablo».
En los misterios de Mitra, siete planetas estaban asignados a los siete grados de iniciación: Mercurio al Cuervo, Venus al Occultus, Marte al Soldado, Júpiter al León, la Luna al Persa, el Sol al Corredor del Sol y Saturno al Padre.
En esta jerarquía, Saturno está por encima del Sol. Saturno es también un dios del tiempo, un dios de la cosecha.
¿Es Mitra idéntico a Saturno?
En la Mithras-Liturgie, sobre la que Albrecht Dieterich escribió un libro entero, Mitra se encuentra igualmente por encima de Helios. El Sol aparece en este misterioso ritual, el único de los misterios de la Antigüedad que ha sobrevivido, únicamente como mediador entre el iniciado y Mitra.
También en la Cábala medieval, que conserva muchas concepciones procedentes de la cosmología grecorromana, Saturno vuelve a situarse por encima del Sol. Pero la sucesión de los siete planetas, que corresponde exactamente al orden caldeo de la Antigüedad (Luna, Mercurio, Venus, Sol, Marte, Júpiter, Saturno), no se corresponde con la jerarquía mitraica.
¿Existía esta contradicción en los propios misterios? ¿O se trata de un error, o de una falsificación deliberada por parte de iniciados o personas ajenas a ellos? Es una pregunta que todavía no ha encontrado respuesta.
En algunos templos de Mitra se encontraron también estatuas de Aión. Aión es un dios del tiempo con cabeza de león, rodeado varias veces por una gran serpiente, que parece reunir los significados de Abraxas, Mitra y Saturno. La relación entre Aión y Mitra no está clara. Algunos investigadores han supuesto que Aión era la verdadera divinidad de la religión mitraica.
«Pues Abraxas, al igual que Mitra, es el nombre de un dios que reúne en sí el poder de los siete planetas, ya que su nombre consta también de siete letras».
— Hans Leisegang, Die Gnosis
Varios historiadores antiguos, especialmente cronistas cristianos, dieron publicidad al hecho de que los misterios de esta «divinidad solar» se celebraban en oscuras grutas, cuevas naturales y templos artificiales, lugares que parecen corresponder mucho más al culto de una divinidad ctónica.
Los santuarios mitraicos eran subterráneos porque Mitra había nacido de una roca y porque había sacrificado al toro en una cueva. En la Antigüedad se creía que el cielo estaba hecho de piedra, probablemente a causa de los meteoritos que caían de él. Por ello, los mitreos eran alegorías del cosmos, cuyas bóvedas de piedra simbolizaban el firmamento.
La solarización del Imperio romano llevó a establecer el nacimiento de Mitra en el cumpleaños del Sol, el solsticio de invierno. Nació en la noche más oscura del año, bajo el signo de Capricornio, regido por Saturno.
El Sol asciende desde el imperio de Saturno, otro indicio de la posición espiritual de Saturno por encima del Sol. Saturno era llamado por los germanos Ahnstern, la «estrella de los antepasados» o la «estrella de la intuición».
Solsticio de invierno de 1994
Bibliografía
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